Silencio se viaja

Cortázar y “Rayuela”: Pasiones y juegos

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Tenía Cortázar en su casa de París un póster de Snoopy escribiendo a máquina el famoso comienzo de su eternamente inconclusa novela, “It was a dark and stormy night…“, y afirmaba que así, con esa inocencia, con esas ganas de maravillar, había que escribir. Siempre se rebeló contra la visión tan extendida de que un escritor, para ser bueno, debe basarse en la solemnidad, en el tremendismo (“como si Cervantes hubiera sido solemne, carajo“).

No es de extrañar que muchos de sus cuentos fantásticos o surrealistas tengan una veta humorística (el protagonista que vomita conejitos de “Carta a una señorita de París”, la mayoría de las historias de cronopios, etcétera) o lúdica, lo que llevó al extremo en Rayuela con la invención del glíglico, el lenguaje ficticio (y, pese a ello, inteligible) con el que se describe un encuentro amoroso:

“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios.(…)”

Esa curiosidad por la vida le llevó a interesarse por temas tan dispares como los calidoscopios, la fotografía, el boxeo, los viajes (principalmente en Fafner, su furgoneta roja), los gatos (en sus últimos años tuvo una gata llamada Flanelle) o el cómic (escribió uno político, “Fantomas contra los vampiros multinacionales”).

Enlazando con la reciente concesión del Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2014 a Quino, el dibujante hispanoargentino de Mafalda, cerramos la entrada citando lo que Cortázar decía sobre ella: “Lo importante no es lo que piense yo de Mafalda, sino lo que ella piense de mí“.

 

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